El ojo mental
Oscurividencias
De niño, con mis amigos armamos un juego simple: una línea de tiza en el piso y los ojos vendados. La idea era caminar derecho, sin salirse. Nadie lo lograba. Todos terminábamos saliéndonos de la raya; el que se desviaba de último, comía invitado por cuenta de los demás.
En ese tiempo no sabía nada sobre la ceguera, solo quería jugar con lo invisible y ahorrarme el algo. El juego con los ojos cerrados me permitía recordar la presencia de las cosas y dibujar en la mente la posición de lo que había visto antes de ponerme la venda, como si la vista pudiera quedarse aunque ya no estuviera.
Veinte años después me crucé con la oscuridad de otra forma: esta vez de la mano de José Manuel Villegas, un fotógrafo que perdió la vista siendo bebé y que hoy hace parte de Proyecto “Ciego”, un grupo de artistas ciegos colombianos que crean imágenes guiándose con hilos. José Manuel me retó a dejar la rutina y descubrir mi ciudad con los otros sentidos.
Todos los días nos levantamos, miramos el reloj, desayunamos. Todo eso lo hacemos sin pensar dos veces. Abrir los ojos por la mañana parece algo automático, casi sin importancia. Pero cuando uno escucha las historias de personas que han perdido la vista, se da cuenta de que es un regalo que damos por sentado. Muchas de estas personas no siempre fueron ciegas; tuvieron vidas normales, como la suya o como la mía, llena de colores y detalles, hasta que un día, de la nada, les cambió la vida.
No pensé que una simple venda fuera a cambiar tanto las cosas. José Manuel me la entregó con tranquilidad, en ese momento, los sonidos empezaron a ser más nítidos, y cada paso parecía una decisión difícil de tomar. Todo lo demás se amplificó: las texturas, los olores. José Manuel me guiaba tranquilo, yo sentía que caminaba en una ciudad en la que nunca había estado, lo único que me anclaba era sentarme en el suelo. Se me vino a la cabeza el juego de niño, pero esta vez era en serio: se trataba de recorrer la ciudad y tratar de fotografiarla desde la oscuridad. Mi mente intentaba dibujar el mapa: la Catedral atrás, el edificio amarillo delante, las calles que creía conocer, a la derecha. Era como caminar sobre un recuerdo visual borroso.
Mis sentidos, oxidados después de tantos años dependiendo de la vista, intentaban despertar en medio de la oscuridad. El sonido del tráfico se volvió más presente. Intentaba ubicarme a través de los ruidos, pero todo se mezclaba: motores, voces, pasos, ecos. Era como si la ciudad me hablara en un idioma que no entendía. Era raro estar tan alerta y tan perdido al mismo tiempo. Sentí una fragilidad nueva, una que no venía del cuerpo, sino de no poder confiar en lo que antes ni siquiera notaba.
No fue necesario mucho tiempo para entender que la experiencia sería de todo menos fácil. A diario pensamos que estamos conectados con el mundo, pero en realidad solo percibimos una parte mínima. Vivimos como si los sentidos estuvieran al mínimo, funcionando solo lo necesario para movernos. Y mientras yo peleaba en mi cabeza por orientarme en medio de la oscuridad, recordaba lo que una persona ciega me había dicho: “ Yo perdí la vista, pero solo eso. La visión la tengo intacta”. Y ahí entendí que ver no siempre está relacionado con los ojos.
Cuando se piensa en fotografía, lo primero que viene a la mente es la vista. Pero personas ciegas han demostrado que también se puede “ver” a través de otros caminos como las técnicas de fotografía con hilos, audiodescripciones minuciosas, tacto, y hasta olfato… todos pueden ser fuentes de información para imaginar y componer escenas mentales. No es fácil la tarea. Aprender a usar la cámara, a calcular distancias y dar dirección con el hilo, necesita los otros sentidos encendidos, tiempo y mucha práctica.
José Manuel se movía como si la ciudad le hablara al oído. Me guiaba sin dudar, esquivaba obstáculos, reconocía sonidos; sabía exactamente dónde estaba, qué había a su alrededor, qué sonidos eran normales y cuáles no. Yo, en cambio, estaba desorientado, tal vez el caos no estaba en la ciudad, sino en mi cabeza. En ese momento sentía que yo era el más ciego de los dos, que no sabía cómo conectar con el entorno más allá de los ojos.
Pasar la calle, se volvió un desafío, el sonido de los motores, los pasos rápidos de la gente… todo era demasiado. El olor a humo se metía por la nariz, denso. Era difícil avanzar, difícil no sentir miedo. Y justo ahí, pensé en quienes hacen esto todos los días sin ver. Sin saber si el semáforo cambió, si alguien viene corriendo, si hay un hueco en el piso. En cómo se las arreglan sin ver, confiando en sonidos, intuiciones y memoria. Una vez más, me descrestó su fortaleza, hace falta una fuerza especial para caminar en un mundo que pocas veces se detiene a esperar por ellos.
Hay sonidos que se quedan grabados. El del bastón tocando el pavimento, marcando el camino con seguridad. El aire oliendo a comida callejera, a aceite quemado. Y en segundo plano, como una banda sonora, la voz del sacerdote de la Catedral dando la misa. Subimos las escaleras contando una por una, como si ya los hubiéramos recorrido muchas veces, finalmente llegamos a la entrada. El frío de la sombra, y la reverberación de la catedral, indicaba que estábamos parados justo en la línea de la gran puerta de entrada, esperando como si supiera que ya íbamos a cruzarla.
Los cantos, aunque ajenos a mis creencias, me dieron una paz que quería guardar para siempre. Quise capturar ese momento en una fotografía y, guiado por mi oído, utilicé un hilo largo amarrado a mi dedo índice y al otro extremo sostenido por una persona auxiliar que lo sujetaba desde el altar. Así, siguiendo la tensión del hilo y el eco de las voces, apunté con la cámara. En ese momento confirmé cómo funciona la técnica usada por algunos fotógrafos ciegos para capturar imagenes. Primero exploran con cuidado cada rincón, se familiarizan con el espacio y luego, con ayuda del hilo, enfocan en automático el punto de interés. Siguiendo esa lógica, enfoqué hacia el sonido que venía del altar. A pesar de no ver, mi mente ya había compuesto a punta de recuerdos la imagen en la cabeza.
Más tarde, todavía con la venda puesta, llegamos a una cafetería. Pedimos café. Nos atendió una mujer de voz joven, con un timbre suave que me hizo imaginármela con facilidad: pelo corto, oscuro, pestañas largas y unos ojos color miel que construí en mi mente sin mucho esfuerzo. Mientras esperábamos, el olor a pan en el horno y el ruido metálico de la cocina creaban un entorno que podía”ver”con los oídos y la nariz. Ya podía casi probar el café antes de que llegara.
Llegó el momento de volver a ver, después de haber habitado lo que una gran amiga llama oscurividencia: la luz que habita detrás de la oscuridad, plena y consciente. Al quitarme la venda, la luz me cegó por un momento, obligándome a cerrar los ojos otra vez. Cuando los abrí, ahí estaba José Manuel, con esa calma característica y una sonrisa amable que parecía haberme estado esperando todo el tiempo.
Esa experiencia de oscuridad voluntaria me enseñó a valorar la luz desde un lugar distinto. Desde ese día, intento practicar tareas simples con los ojos cerrados: contar los pasos y escaleras hasta mi cuarto, o ducharme mientras dejo que la música guíe mis pensamientos. Es un ejercicio para despertar los sentidos y reconectarme con lo esencial. Comprendí que lo invisible también comunica, que hay un tipo de conocimiento que no entra por los ojos, Se me vino a la mente una frase de André Kertész, el fotógrafo húngaro, que parecía hecha para el momento: “Ver no es suficiente, hay que sentir lo que se está fotografiando”.
Con el tiempo me di cuenta de que no todo necesita ser fotografiado. Fui dejando la cámara a un lado, no del todo, pero sí aprendiendo a darle más poder a mis sentidos, guiado por la etnografía como forma de mirar. Descubrí que podía capturar momentos sin imágenes: olores en los mercados, sonidos que entran por las ventanas, acentos que se pegan como canciones, sabores desconocidos, apretones de manos con texturas, y abrazos de desconocidos que se vuelven cercanos. Todas estas experiencias son las nuevas imágenes que mantengo en mi memoria, sin necesidad de un lente.
Ver el mundo desde la perspectiva de José Manuel me hizo entender las palabras del escritor francés Marcel Proust: «El verdadero viaje no es buscar nuevos paisajes, sino mirar con nuevos ojos». Desde ese día, mi SD se ha convertido en una memoria llena de recuerdos invisibles: sonidos, sabores y viajes que ninguna cámara podría haber tomado.
En lugar de depender solo de la cámara, empecé a coleccionar recuerdos con los sentidos, como si tuviera un museo interno donde no hacen falta imágenes para que los momentos permanezcan. La etnografía puede que no tenga la fama, los reconocimientos, ni los premios que tiene la fotografía, pero tiene algo que me gusta: permite leer la vida con sentidos distintos a los ojos, disfrutarla de otra manera, hacer amigos reales en cualquier lugar del mundo, respetar todas las formas de pensar, tener segundas familias en pueblos, islas, aldeas, barrios y rincones inimaginables del planeta. Últimamente mis fotografías más queridas no han salido del obturador de la cámara, sino de ese archivo invisible que cargo en la memoria.











